Paulina
—¡Levántate, idiota! Tenemos un almuerzo importante en treinta minutos.
Abrí los ojos de golpe, todavía perdida entre las brumas del sueño.
Me dolía la cabeza... el cuerpo... el alma.
Sentí las sábanas pegadas a la piel por el sudor, y el corazón latiendo a mil por hora.
Pierre ya había salido de la habitación. Solo quedaba la puerta abierta de par en par, su voz aún resonando en las paredes.
Me senté en la cama, con lentitud. El vestido de lino que había usado la tarde anterior estab