Paulina
Su frente seguía apoyada contra la mía.
Su respiración todavía acariciaba mi rostro. Estábamos tan cerca… y, sin embargo, había algo que todavía nos separaba...
Max me miró.
No con hambre.
No con impaciencia.
Con ternura.
—Si no estás lista, lo entiendo —murmuró, como si cada palabra le costara.
No porque le doliera… o porque estuviera desesperado... si no porque no quería lastimarme ni un poco.
Le acaricié la mejilla con la yema de los dedos. Sentí cómo se tensaba bajo mi toque, p