Paulina
El tiempo ya no tenía sentido.
No desde que Pierre empezó a hablar con esa voz suave que siempre venía antes del caos.
—Sé que ustedes tienen algo. Los he visto...
No respiré. No me atreví. Sentí cómo el frío se me subía por la espalda y me congelaba los hombros.
Aníbal, frente a nosotros, estaba quieto. Demasiado quieto...
Pierre nos miraba a los dos, con esa media sonrisa torcida, como si todo le resultara entretenido.
Como si disfrutara vernos ahí, atrapados.
Entonces Aníbal habló.