Aníbal
Estaba en el pasillo, apoyado contra la pared, fingiendo revisar mi reloj por décima vez en menos de una hora, cuando Ricardo se me acercó.
Su andar era tan ruidoso como su presencia: pesado, seguro, como si el mundo le debiera algo.
—Te toca noche libre, Rivera —dijo sin rodeos.
Lo miré sin disimular el fastidio.
—Prefiero quedarme. Tengo algunas rondas que...
—No es opcional —me interrumpió—. El jefe fue claro. Cada uno debe salir un día a la semana. Esta noche te toca a ti. No jodas.