Paulina
La noche llegó.
Había logrado pasar desapercibida todo el día, hasta que la puerta de la entrada se abrió.
Los pasos de Pierre eran inconfundibles, pesados, con ese ritmo de quien se cree dueño del mundo… o de las personas que habitan en él.
Me tensé al instante.
—¿¡Dónde está esa cosa esa que firmó conmigo!? —preguntó en voz alta, con un tono cargado de veneno.
Cuando me vio, soltó una risa seca.
—¡Desaparece, zorra! ¡Hoy no tengo ganas de aguantarte!
Lo miré sin decir nada.
Me par