Paulina
La camioneta avanzaba por las calles como un animal silencioso y tenso, conteniendo la respiración en cada curva.
Iba en el asiento trasero, con el teléfono entre las manos, temblando de pura rabia.
Yina conducía, con los nudillos blancos de tanto apretar el volante. Sus ojos iban del camino al espejo retrovisor, como si esperara que alguien nos siguiera.
—Esto no es buena idea —dijo por cuarta vez—. Debimos esperar a Max. O al menos avisarle adónde íbamos.
—Benjamín ya lo habrá hecho