Sofía
El momento en que Paulina cruzó esa sala fue como si el tiempo se detuviera.
Yina y yo estábamos en posición, escondidas detrás de una columna derruida, los dedos firmes en el gatillo, el corazón latiéndonos en la garganta.
Desde donde estábamos, podíamos ver a Pierre sonreír como si estuviera en el altar y no frente a su propia esposa, con tres niños atados a sus pies como ofrenda.
Me dolía el pecho de solo mirarlos. Max estaba furioso, Iris no paraba de temblar y Magda tenía la mirad