Capítulo 126: Adiós, hermana

Sofía

El momento en que Paulina cruzó esa sala fue como si el tiempo se detuviera.

Yina y yo estábamos en posición, escondidas detrás de una columna derruida, los dedos firmes en el gatillo, el corazón latiéndonos en la garganta.

Desde donde estábamos, podíamos ver a Pierre sonreír como si estuviera en el altar y no frente a su propia esposa, con tres niños atados a sus pies como ofrenda.

Me dolía el pecho de solo mirarlos. Max estaba furioso, Iris no paraba de temblar y Magda tenía la mirad
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