Liam no durmió esa noche. Cada vez que cerraba los ojos, la escena de la gala se repetía como un disco rayado, una y otra vez, sin piedad. Su madre de pie, inmóvil, con el corazón roto. Ignacio arrodillándose frente a un niño que no era su hijo. La mujer del vestido azul sonriendo con la seguridad de quien sabe que ha ganado. Y en el centro de todo, la certeza de que él, Liam, había sido testigo de la traición que siempre supo que llegaría. No era una sorpresa. Era una confirmación. Una confirm