La noche se había vuelto irrespirable dentro del salón del Fontainebleau. El murmullo de los invitados se elevaba como un enjambre de avispas, y todas las miradas convergían en el hombre que se alejaba con paso incierto, como si el suelo se moviera bajo sus pies. Ignacio atravesó la multitud sin ver a nadie, sin oír a nadie, con la mirada fija en un punto que solo él podía ver. La mujer del vestido azul estaba detrás de él. El niño la seguía con la mano aferrada a la de ella. Y en su pecho, un