La madrugada se extendía sobre Miami como un manto de silencio y sombras. En su habitación, Liam permanecía despierto frente a la pantalla iluminada de su tablet, los dedos suspendidos sobre el teclado como un pianista a punto de ejecutar la primera nota de una sinfonía. La trampa estaba lista. Un mensaje anónimo, cuidadosamente redactado, viajaba en estos momentos a través de servidores enmascarados hacia el teléfono de Marcos Álvarez. No era una amenaza. Era una semilla. Una duda plantada en