La mañana amaneció gris sobre Miami, con un cielo cubierto de nubes bajas que parecían presagiar tormenta. Héctor llevaba horas despierto, sentado en su salón sin encender las luces, con la carpeta de documentos sobre la mesa y el peso de décadas de secretos aplastándole los hombros.
Liam llegó temprano, como habían acordado. El niño entró sin llamar, con la tablet en la mano y una determinación en los ojos que no era propia de su edad. Se sentó frente al anciano y esperó, sin preguntar, sin pr