El motel donde Laura se escondía olía a desinfectante barato y a tabaco viejo. Las cortinas, perpetuamente corridas, filtraban una luz grisácea que daba al cuarto un aire de cueva. Laura estaba sentada en el borde de la cama, con el teléfono en una mano y una sonrisa de satisfacción en los labios. Acababa de recibir la llamada de Marcos, y las noticias no podían ser mejores.
—El viejo ha mordido el anzuelo —dijo Marcos, al otro lado de la línea, con una voz que ya no escondía su verdadera natur