El silencio dentro del coche era tan denso que Vanessa podía oír los latidos de su propio corazón. Ignacio conducía con una mano en el volante y la otra apoyada en el reposabrazos central, a centímetros de la mano de ella. No había dicho nada desde que salieron de la cafetería. Solo le había puesto la chaqueta sobre los hombros, la había ayudado a subir al coche y había arrancado el motor.
Vanessa temblaba aún, pero no era solo por el miedo. Era por él. Por la forma en que había aparecido de la