Liam pasó tres días sin hablar con Ignacio. No fue un castigo, ni una estrategia. Fue una tregua que necesitaba para ordenar sus pensamientos. Cada noche, después de que su madre se durmiera, se sentaba en la oscuridad de su habitación con la tablet apagada y la mente en blanco. No había programas que diseñar, ni planes que trazar, ni sabotajes que ejecutar. Solo silencio. Y en ese silencio, una pregunta que no dejaba de repetirse: ¿qué quería realmente?
Porque había descubierto algo que no esp