La firma del contrato no llevó más de diez minutos. Vanessa puso su rúbrica al final de cada página con mano temblorosa, consciente de que Ignacio no apartaba la vista de ella. No la miraba como un socio de negocios. La miraba como un hombre que no entiende por qué no puede dejar de mirarla.
Cuando terminaron, él no llamó a Sofía. Se quedó sentado, con las manos entrelazadas sobre la mesa, y la observó guardar su bolígrafo en el bolso.
—¿Tienes prisa? —preguntó, con una voz que pretendía ser ca