Dos días después del incidente en la cafetería, Vanessa aún sentía el eco de los flashes en sus ojos. Cada vez que cerraba los párpados, veía las luces blancas, los rostros de los periodistas, la sonrisa falsa de Pablo. Pero también veía a Ignacio. Su cuerpo interponiéndose entre ella y el peligro. Sus brazos rodeándola. Su voz grave, firme, diciendo: «Ya pasó.»
Y esa imagen, a diferencia de las otras, no la aterraba. La envolvía como una manta caliente en una noche fría.
El teléfono sonó a las