La noche cayó sobre Miami con un manto de humedad y luces parpadeantes. Ignacio llegó a su apartamento con la mente revuelta, incapaz de sacudirse la imagen de Vanessa riendo con Javier. No era celos, se repetía a sí mismo. Era preocupación. Preocupación por ella, por la forma en que Javier la miraba, por la confianza ciega que ella depositaba en él. Pero sabía que estaba mintiéndose. Era celos. Unos celos absurdos, irracionales, que le corroían por dentro como un veneno.
Dejó las llaves sobre