La confesión de Javier quedó suspendida en el aire de la cafetería como una nube de tormenta que nunca termina de descargar. Vanessa no supo qué responder. Sus dedos, apoyados sobre la taza de café, temblaban ligeramente, y su mente viajaba a Barcelona, a los días difíciles, a las noches de insomnio en las que Javier había sido su único apoyo. Pero eso era amistad. Eso era gratitud. Eso no era amor.
—Javier —dijo al fin, con una voz que apenas era un susurro—. No sé qué decirte. Eres una de las