Los días siguientes a la fiebre de Liam fueron extraños en el apartamento de Brickell. Vanessa notó el cambio desde la primera mañana, cuando su hijo se levantó sin hacer ruido, preparó su propio desayuno y se encerró en su habitación sin decir una palabra. No había reproche en sus ojos, ni rabia, ni indiferencia. Solo una distancia fría, medida, que dolía más que cualquier grito.
Liam no la evitaba abiertamente. Respondía a sus preguntas con monosílabos, comía en silencio, hacía los deberes si