JULIA RODRÍGUEZ
—Vaya… —escuché a Santiago. Cuando volteé hacia él, se encontraba en el marco de la cocina, con los hombros caídos y la mandíbula desencajada—. ¿Qué pasó aquí?
—Santiago —dijo Lily y de inmediato se sonrojó al verlo ahí, con su abdomen perfecto y pectorales en lo que podrías romper una nuez.
—Nada, no pasó absolutamente nada —refunfuñé agarrando el plato de fruta picada e intentando pasar por su lado—. Quítate, gordito.
—¿Gordito? ¿Le llamas «gordito» a este dios azteca? —pregu