JULIA RODRÍGUEZ
Una vez entrando a la oficina, Matthew me sentó en su asiento y de nuevo me inspeccionó como si esperara ver alguna herida.
—¿Por qué no me llamaste de inmediato? —preguntó molesto, pellizcando mi mentón—. ¿Dónde están tus papeles?
—Los dejé en mi bolso, dentro del auto —respondí como niña regañada, evitando su mirada—. Si no te busqué, fue porque no tuve oportunidad de hacerlo.
Matthew apretó los labios antes de resoplar. Acarició mis mejillas con una ternura que parecía extr