JULIA RODRÍGUEZ
Entonces jalé el gatillo, justo cuando Matt dio otro volantazo en medio de una curva, haciendo girar el auto y acelerando. Metí la mano y la puerta se azotó, cerrándose con fuerza. Con el corazón acelerado levanté la mirada hacia el retrovisor. El ruido del otro motor había desaparecido y lo comprendí cuando vi al conductor colgando por la ventana abierta como si fuera un muñeco de trapo. Le había dado.
Mientras nosotros nos alejábamos de ahí, Javier hacía lo posible para tomar