JULIA RODRÍGUEZ
Llegué a la mansión Grayson con actitud derrotada y en completo silencio. Los sirvientes me ofrecieron una sonrisa tímida, como si me tuvieran lástima. El mayordomo fue el primero en tomar la maleta y arrastrarla escalones arriba, hacia la habitación.
Con la mirada clavada en el piso, decidí avanzar detrás de él, sin decir ni una sola palabra, solo aceptando mi destino y esperando a que los días pasaran rápidamente. En cuanto apoyé la mano sobre el barandal para subir el primer