SANTIAGO CASTAÑEDA
Me quedé pasmado, viéndola llorar y sin saber cómo consolarla. Lo había dicho antes, no tenía a nadie y la única persona que le quedaba la había asesinado hacía muchos años. Solo fue necesario que alguien descubriera mi apodo para que Alex se diera cuenta de que el mafioso carismático y sonriente era el mismo monstruo que le había arrebatado un poco de lo que tenía y que la hacía sentir viva.
Era algo que tarde o temprano saldría a la luz y no estaba preparado para afrontar.