Mundo ficciónIniciar sesiónEl vuelo de regreso a la ciudad fue un infierno de hielo.
El Aleksei salvaje y devoto que me había hecho suya en la arena había desaparecido por completo, reemplazado por la implacable máquina de poder de la Bratva. No cruzamos una sola palabra. Sus ojos grises estaban fijos en unos documentos que su asistente le había entregado apenas aterrizamos, y su mandíbula seguía tensa.
Mi cuerpo aún palpitaba, adolorido y sensible por las horas de sexo crudo en la isla, pero el silencio entre nosotros me estaba asfixiando.
Cuando el ascensor privado nos dejó directamente en el penthouse de Volkov Industries, entendí por qué habíamos vuelto con tanta urgencia.
No estábamos solos.
Sentada en el sofá de cuero negro del despacho, con un abrigo de diseñador y las piernas cruzadas en una pose de absoluta arrogancia, estaba Irina. Tenía una copa de cristal en la mano y una sonrisa afilada que no llegaba a sus ojos.
—Llegas tarde, Aleksei —ronroneó ella en ruso, levantándose con elegancia—. Pensé que tus vacaciones con tu... distracción, ya habían terminado.
La furia me subió por la garganta como bilis, pero antes de que pudiera dar un paso hacia ella, la mano de Aleksei se cerró alrededor de mi nuca. No fue un agarre doloroso, pero sí posesivo, una advertencia silenciosa que me inmovilizó.
—¿Qué haces en mi oficina, Irina? —La voz de Aleksei era tan fría que casi bajó la temperatura de la habitación—. Te di una orden clara sobre cruzar mi puerta.
Irina se encogió de hombros, dejando la copa sobre la mesa de cristal.
—Los negocios son los negocios, querido. La junta está impaciente. Tus pequeños juegos con esta niña americana están afectando nuestra imagen frente a las otras familias. Vine a hacerte un favor antes de que te destituyan.
—¿Un favor? —Aleksei soltó una risa oscura, carente de cualquier humor.
Sin soltar mi nuca, caminó hacia su imponente escritorio de mármol negro y se sentó en la silla principal. Tiró de mí, obligándome a quedar de pie justo entre sus piernas abiertas, dándole la espalda a Irina. Mi corazón latía a mil por hora.
—Aleksei, esto es serio —gruñó Irina, perdiendo un poco la compostura—. Tienes que deshacerte de ella. O lo haré yo.
La amenaza flotó en el aire, pesada y letal. Pero Aleksei no miró a Irina. Sus ojos grises subieron lentamente por mi cuerpo, desde mi vestido ajustado hasta mis labios. La intensidad de su mirada me hizo jadear en silencio.
—Victoria —murmuró, su voz repentinamente ronca, como si estuviéramos solos en la habitación—. Siéntate en mis piernas. A horcajadas.
Abrí los ojos de par en par.
—Aleksei... ella está aquí... —susurré, sintiendo que el calor me subía a las mejillas.
—Dije que te sientes. —No era una petición; era una orden absoluta.
Mi cuerpo, completamente domesticado por él, obedeció antes de que mi mente pudiera procesarlo. Levanté la pierna, pasándola por encima de sus muslos, y me senté a horcajadas sobre él, con mi vestido subiéndose peligrosamente por mis muslos. Quedé frente a frente con él, sintiendo la dureza de su erección contra mi centro a través de la fina tela de nuestra ropa.
Escuché a Irina tomar aire bruscamente a mis espaldas.
—¡Esto es indignante! —siseó la rusa—. ¿Me vas a faltar el respeto de esta manera?
Aleksei la ignoró por completo. Sus grandes manos se posaron en mis caderas, apretando con fuerza posesiva.
—Dile a nuestra invitada a quién le perteneces, ángel —ordenó Aleksei, rozando mi nariz con la suya. Sus pulgares acariciaron la parte interna de mis muslos, justo en el borde de mi ropa interior—. Dilo fuerte.
Mi respiración era un desastre. La humillación de hacer esto frente a la mujer que me odiaba estaba compitiendo con una excitación tan enfermiza y oscura que me mareaba. Estaba goteando por él, y él lo sabía.
—Soy tuya —susurré, clavando mis uñas en los hombros de su traje—. Solo tuya.
—No te escuchó —gruñó Aleksei, deslizando una mano debajo de mi falda. Sus dedos largos trazaron la humedad del encaje de mis bragas, arrancándome un gemido ahogado que resonó en todo el despacho—. Dilo de nuevo. Diles a todos de quién eres la perra.
—¡Aleksei, basta! —estalló Irina. Escuché el sonido de un vaso rompiéndose, probablemente arrojado por ella—. ¡He venido a decirte que he comprado la deuda de su padre! ¡Si no firmas el contrato con mi familia, voy a meter al miserable de su padre a la cárcel de por vida!
La confesión me cayó como un balde de agua helada. Detuve mi respiración, girando el rostro a medias para mirar a la rusa por encima de mi hombro. Irina sonreía ahora, triunfante. Había encontrado mi punto débil. El motivo por el que firmé el contrato de las 100 noches.
Pero Aleksei ni siquiera parpadeó. No retiró su mano de mi entrepierna. De hecho, presionó dos dedos justo contra mi clítoris a través de la tela mojada, haciéndome arquear la espalda con un jadeo agudo.
—¿Terminaste de ladrar, Irina? —preguntó Aleksei, su voz exudando un aburrimiento letal.
Irina frunció el ceño, su sonrisa vacilando. —¿No me escuchaste? Tengo la deuda. Yo tengo el control de su familia.
Aleksei me miró a los ojos, ignorando a Irina una vez más. Su mirada era un abismo oscuro en el que estaba cayendo sin frenos.
—Moya zhena —susurró, con esa devoción retorcida que me derretía—. ¿De verdad creíste que dejaría que un cabo suelto arruinara lo que es mío?
Sin soltarme, Aleksei apretó un botón en el intercomunicador de su escritorio.
—Dimitri. Escolta a Irina fuera del edificio. Y si vuelve a poner un pie en mi piso, dispárale a las rodillas.
—¡No puedes hacer esto! —gritó Irina mientras la puerta del despacho se abría y dos guardias gigantes entraban—. ¡Tengo los pagarés de su padre! ¡Soy dueña de ella!
—Revisa tus correos, Irina —respondió Aleksei, con una sonrisa cruel curvando sus labios mientras ella era arrastrada hacia la salida—. Pagué esa deuda esta mañana. Con mis propias acciones.
La puerta se cerró de golpe, cortando los gritos de la rusa.
El silencio volvió a caer en la oficina, pero mi mente estaba gritando. Lo miré, temblando sobre sus piernas.
—¿Qué hiciste? —susurré, con la voz rota—. La deuda... los cien millones... ¿los pagaste?
—Hasta el último centavo —confirmó, su mano aún caliente y firme entre mis muslos, manteniendo mi cuerpo anclado al suyo.
—Pero... entonces... —Tragué saliva, sintiendo que el mundo giraba—. El contrato de las cien noches... ¿ya no tiene validez? ¿Ya no te debo nada?
Aleksei me miró. Y por primera vez, vi al verdadero monstruo. No al mafioso, no al CEO, sino al hombre que había perdido la cabeza por completo, consumido por una obsesión que lo quemaba desde adentro.
Con un movimiento brutal, desgarró la tela de mis bragas de encaje y penetró con dos dedos en mi interior empapado. Grité su nombre, aferrándome a su cuello mientras me embestía con los dedos, reclamándome sin piedad.
—El contrato de las cien noches fue cancelado hace una hora, Victoria —gruñó contra mis labios, mientras yo me deshacía en sus brazos—. La deuda pasó a mi nombre. Lo que significa que ya no estás aquí por cien días. Eres mía, para siempre. Y nunca te voy a dejar ir.







