El vuelo de regreso a la ciudad fue un infierno de hielo.
El Aleksei salvaje y devoto que me había hecho suya en la arena había desaparecido por completo, reemplazado por la implacable máquina de poder de la Bratva. No cruzamos una sola palabra. Sus ojos grises estaban fijos en unos documentos que su asistente le había entregado apenas aterrizamos, y su mandíbula seguía tensa.
Mi cuerpo aún palpitaba, adolorido y sensible por las horas de sexo crudo en la isla, pero el silencio entre nosotros m