Mundo ficciónIniciar sesión"Para siempre."
Esas dos palabras resonaron en mi cabeza como una sentencia judicial, pesadas, definitivas, aplastantes. Pero el contraste entre el pánico de mi mente y el fuego líquido que corría por mis venas me estaba volviendo loca.
Estaba sentada a horcajadas sobre Aleksei en su inmenso despacho, con la falda de mi vestido arremangada hasta la cintura y mis bragas de encaje destrozadas, colgando inútilmente de uno de mis muslos. Sus dedos largos y ásperos se movían dentro de mí con una precisión letal, frotando y estirando, sacándome gemidos que rebotaban contra las paredes insonorizadas.
—Para siempre —repitió él, su voz ronca y oscura vibrando contra mis labios—. Ya no hay cuenta regresiva, Victoria. No hay un día en el calendario en el que te vayas a marchar. Eres mía. Hoy, mañana y hasta tu último maldito suspiro.
—Aleksei... —jadeé, cerrando los ojos con fuerza.
Mi cuerpo se estaba arqueando instintivamente hacia su mano, buscando más fricción, más profundidad. Estaba tan cerca del borde que veía luces de colores detrás de mis párpados. La adrenalina de la humillación con Irina, mezclada con esta nueva realidad abrumadora, me tenía al borde del colapso.
Y entonces, justo cuando mis músculos se tensaron, anticipando el estallido del orgasmo... él se detuvo.
Retiró sus dedos lentamente, dejándome vacía, empapada y temblando de frustración.
Abrí los ojos de golpe, soltando un quejido ahogado. —¿Por qué...?
Aleksei me sostuvo de las caderas, clavando sus ojos grises en los míos. Parecía un demonio hermoso y despiadado, completamente en control de la situación, mientras yo me desmoronaba sobre sus piernas.
—Porque ahora jugamos con mis reglas —murmuró, deslizando su pulgar mojado con mis propios fluidos por mi labio inferior—. Ya no eres una empleada que cumple un contrato. Eres mi esposa. Eres mi perra. Y no te vas a correr hasta que aceptes tu nueva realidad.
—No me hagas esto... estoy tan cerca... —supliqué, moviendo mis caderas contra él en un intento desesperado por encontrar fricción. Pero Aleksei me sujetó con tanta fuerza que me fue imposible moverme un centímetro.
—Dilo —exigió, su voz bajando una octava, cargada de una autoridad que me hizo estremecer las entrañas—. Dime que lo entiendes. Dime que no vas a ir a ninguna parte.
Mis respiraciones eran cortas y erráticas. La necesidad de él era un dolor agudo en mi bajo vientre. Mi orgullo intentó pelear, intentó gritarle que lo odiaba por haberme engañado, por haberme atrapado en esta red sin salida. Pero cuando bajó la mirada hacia mi pecho agitado y luego deslizó una mano hacia mi nuca, enredando sus dedos en mi cabello para tirar suavemente hacia atrás, mi resistencia se hizo polvo.
—Lo entiendo... —susurré, sintiendo una lágrima de pura frustración y excitación deslizarse por mi mejilla.
—No te escucho.
—¡Lo entiendo! —grité, clavando mis uñas en los hombros de su chaqueta de diseñador—. ¡Ya no hay contrato! ¡No hay salida! ¡Soy tuya, maldita sea, soy tuya para siempre!
Una sonrisa depredadora y cargada de satisfacción curvó los labios de Aleksei.
—Buena chica.
Sin previo aviso, me levantó en peso. Solté un grito de sorpresa mientras me giraba y me lanzaba de espaldas sobre la fría superficie de mármol negro de su escritorio. Los documentos rodaron por el suelo, pero a ninguno de los dos le importó.
Aleksei se interpuso entre mis piernas abiertas, mirándome desde arriba como si fuera el dueño absoluto del mundo. Con un movimiento brusco y urgente, se desabrochó el cinturón y bajó la cremallera de su pantalón. Lo vi sacar su erección, dura, gruesa y palpitante, y mi boca se secó al instante.
Agarró mis rodillas y las empujó hacia mi pecho, abriéndome por completo para él bajo la dura luz de la oficina.
—Mírate —gruñó, posando la punta de su hombría justo en mi entrada húmeda, haciéndome jadear—. Extendida sobre mi escritorio, rogando que te folle. Esto es lo que eres, Victoria.
Y sin darme un segundo más para respirar, hundió sus caderas, enterrándose en mí hasta el fondo en una sola estocada brutal.
Grité su nombre, arqueando la espalda hasta separar los omóplatos del mármol. El impacto fue tan profundo, tan lleno de posesión y reclamo, que el orgasmo que me había negado antes me golpeó como un relámpago. Mi interior se contrajo violentamente alrededor de él, exprimiéndolo mientras mis gemidos llenaban la oficina.
Pero Aleksei no me dio tregua. Empezó a embestirme con una fuerza implacable, animal. El sonido de su cuerpo golpeando contra el mío y el crujido de la madera del escritorio eran ensordecedores.
—Mía —gruñía con cada embestida, aferrándose a mis caderas y marcando mi piel con sus dedos—. Mía. Para siempre.
—Sí... sí... Aleksei, por favor... —Lloraba de placer, completamente doblegada, aferrándome a sus brazos mientras me embestía sin piedad, destruyendo cualquier barrera que quedara entre nosotros.
Me hizo correr una vez más, violentamente, antes de que él mismo soltara un rugido ronco y se vaciara muy profundo en mi interior, latiendo contra mis paredes.
Se dejó caer sobre mí, su pecho pesado y sudoroso subiendo y bajando contra el mío. Nos quedamos así durante largos minutos, en un silencio denso y caliente, solo interrumpido por nuestras respiraciones agitadas.
Lentamente, Aleksei levantó la cabeza. Sus ojos estaban oscuros, dilatados, y su respiración aún rozaba mis labios. Se separó de mí lo suficiente para meter la mano en el bolsillo interior de su chaqueta arrugada que seguía puesta sobre sus hombros.
Tragué saliva, sintiendo aún el pulso de su erección rozando mi entrada mientras esperaba. —¿Qué haces?
Aleksei no respondió. Sacó un objeto metálico, frío y brillante. Era un candado diminuto de platino, diseñado intrincadamente, y una llave minúscula.
Antes de que pudiera reaccionar, agarró mi collar de diamantes, el mismo que me había puesto en el cuarto del pánico y que nunca me había quitado. Deslizó el candado por el cierre magnético de titanio y presionó hasta que un clic definitivo resonó en el escritorio.
Se guardó la pequeña llave en su propio bolsillo.
—Para siempre significa para siempre, moya zhena —susurró, rozando el metal frío contra mi garganta hirviente—. Si quieres quitártelo, tendrás que arrancarte la cabeza. Ahora, arréglate. Tenemos una cena esta noche y quiero que todos vean la cerradura de mi perra.







