El bufett de la Facultad de Derecho, ese sótano ruidoso con olor a café quemado, tostados de jamón y queso y desinfectante de pino, estaba en su hora pico. Al mediodía, el eco de los cubiertos de plástico y las discusiones sobre fallos de la Corte Suprema formaban un zumbido ensordecedor.En la mesa del rincón, bajo una ventana alta que solo dejaba ver las ruedas de los autos estacionados sobre la avenida, Valeria Morales revolvía un café en jarrito con un palito de plástico. A su lado, Carla devoraba una ensalada de apuro mientras repasaba unas fotocopias subrayadas con tres colores distintos. Frente a ellas, Nico, que siempre parecía tener la antena parada para el chisme, masticaba una medialuna fría con una sonrisa de oreja a oreja.No tardaron en acercarse otros dos alumnos de la cursada, liderados por un tal Mateo, un chico de hombros anchos y billetera abultada que solía jactarse de sus contactos en los tribunales de Retiro.—Vaya Morales —lanzó Mateo, apoyándose con suficiencia
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