El reloj de pared de la facultad dejó escapar un crujido mecánico justo cuando las agujas marcaron las diez de la mañana. Damián Salguero cerró su carpeta de un golpe seco, cortando la última frase de su explicación sobre el Corpus Iuris Civilis.—Es todo por hoy. Pueden retirarse —anunció, sin elevar la voz, pero con una autoridad que no requería amplificación.El aula pareció exhalar un suspiro colectivo. El murmullo de los estudiantes al guardar sus cuadernos y abrigos se desató con una prisa inusual; todos querían salir rápido, como si temieran quedar atrapados en el campo de fuerza magnético que todavía vibraba entre el estrado y la tercera fila.Valeria Morales no se movió. Permaneció sentada, con la espalda recta contra el banco de madera y las piernas cruzadas. Sabía perfectamente lo que todos esperaban: que se levantara humillada a buscar su mochila en el pasillo. Pero Valeria no le iba a regalar ese espectáculo a nadie, mucho menos a él. Esperaría a que el aula se vaciara po
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