43. Narra Maverick
Llevaba dos horas aparcado frente al edificio, viendo las ventanas iluminadas, consumido por una rabia sorda y un terror primitivo que jamás había experimentado en los despachos de MAVE. Maverick Kleinman no perdía el control. Yo poseía los tableros, las piezas, las reglas y los tiempos. Pero Anastasia había roto el tablero, había quemado las reglas y, lo peor de todo, se había atrevido a mirarme a los ojos para decirme que ya no me pertenecía. Cuando salí del vehículo y subí las escaleras de dos en dos, lo único que impulsaba mis pasos era la necesidad imperiosa de arrancar esa distancia de su mirada, de demostrarle que las cadenas que nos unían no se disolvían con un cheque de liquidación. Golpeé la puerta con los nudillos, con una violencia contenida que reflejaba el caos que llevaba por dentro. Cuando el pestillo sonrió y la puerta se abrió, revelando su rostro tenso y sorprendido, el aire pareció escapárseme de los pulmones. Pero el verdadero golpe no vino de ella. Al cruzar e
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