35. Narra Anastasia
La oficina parecía haberse convertido en una cámara de descompresión donde el oxígeno escaseaba cada vez que Maverick cruzaba el umbral de su despacho. Habían pasado dos días desde que me contó aquello con la frialdad de un ejecutor: y al final, yo solo soy la amante. Y ella es tu esposa. Sus dichos me habían apuñalado el pecho con una precisión quirúrgica, pero lo que más me infuriaba no era él, sino yo misma. ¿Cómo había podido ser tan estúpida? ¿En qué momento exacto perdí la cabeza hasta el punto de sentir celos legítimos de Dakota? Ella era su esposa ante la ley, ante la alta sociedad de Manhattan, ante el consejo directivo y ante los ojos de Dios. Tenía un anillo de bodas, un apellido compartido y el derecho incuestionable a reclamarlo al final del día. Yo, en cambio, no era más que una pieza bien vestida dentro de su tablero de ajedrez, un capricho sofisticado financiado con el dinero de su culpa y de mis propias cadenas.Para cuando el reloj marcó las cuatro de la tarde, la p
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