Seis meses transcurrieron desde que las fuerzas de la fiscalía irrumpieron en la residencia Valenzuela, desmantelando de golpe un imperio erigido sobre el chantaje, la manipulación de identidades y la corrupción de alto nivel. La sentencia judicial, dictada tras un proceso abreviado donde la contundencia de las pruebas periciales y las copias de seguridad entregadas por Ámbar no dejaron margen para la especulación ni para la influencia política, dictaminó la reclusión de Augusto Valenzuela en un centro de máxima seguridad. Despojado de sus títulos corporativos, congeladas sus cuentas bancarias y repudiado por la misma élite social que durante décadas le rindiere pleitesía por miedo, el anciano pasó sus últimos días sumido en el aislamiento y la amargura, aplastado por el peso de las mismas leyes que creyó poder manipular a su antojo.El fallo judicial no solo representó el cierre definitivo de las cuentas pendientes entre las familias, sino también el nacimiento de una etapa de restit
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