La noche cayó sobre la ciudad cargada de una humedad helada que anunciaba tormenta. Ámbar Valenzuela permaneció inmóvil en su habitación durante casi dos horas, escuchando el eco distante de los pasos de los guardias de seguridad en el patio interior de la mansión. Cada minuto transcurrido le parecía una eternidad. El peso de los documentos descubiertos en el archivo —las fechas alteradas, las actas de adopción cerradas y el rastro de transferencias clandestinas— le quemaba la memoria con una c