El ambiente dentro del sofisticado restaurante era sobrio y reservado. El sonido tenue de los cubiertos sobre la vajilla de porcelana y el murmullo distante de otros ejecutivos rodeaban la mesa de la esquina donde Mateo y Ámbar se encontraban sentados. Frente a ellos, sobre la mesa impecable, yacía la carpeta del contrato del fideicomiso, abierta justo en el anexo de garantías patrimoniales.
Ámbar observó a Mateo con la barbilla erguida, sosteniendo una postura defensiva que había ensayado ment