El invierno del norte no tenía piedad, pero en los aposentos privados del Alfa supremo, el frío exterior era un mito lejano. Las chimeneas de piedra escupían fuego ruidoso, tiñendo las paredes de sombras danzantes que imitaban el movimiento de dos lobos en plena caza.Vanya permanecía sentada al borde de la gran cama de pieles, desabrochando con dedos firmes los protectores de bismuto de sus antebrazos. La adrenalina de la reunión con el emisario comenzaba a asentarse, dejando en su lugar una lasitud caliente y pesada. Sura, profundamente conectada al plano místico de Kael, enviaba pulsaciones de un deseo primitivo que Vanya ya no se molestaba en reprimir. Había pasado meses protegiendo su corazón tras murallas de lógica y venganza, pero el calor de Alek había derretido los cimientos de su aislamiento.Alek emergió de la penumbra del baño, con el torso desnudo y el cabello oscuro aún húmedo, dejando al descubierto la intrincada red de runas que narraba sus victorias en la piel. Al ver
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