La primera primavera del nuevo imperio no trajo el aroma dulce de las flores del sur, sino el olor a tierra mojada, a hierro fundido y al sudor de los miles de obreros que reconstruían los caminos comerciales. El bismuto de las minas meridionales, mezclado con el acero templado de la Fortaleza de Hielo, había dado nacimiento a una nueva clase de aleación: el Metal Negro, un compuesto tan ligero como el cuero de combate pero capaz de desviar una flecha incendiaria a corta distancia.Vanya permanecía de pie en el gran balcón de piedra de los aposentos reales de Colmillo de Plata. El viento de la mañana mecía los pliegues de su capa, que ahora combinaba el color gris ceniza de su linaje con el azabache de la manada de Alek. En su dedo anular, el anillo de oro del Consejo —aquel que le había arrebatado a Eldric— había sido fundido y reconfigurado con la silueta de una loba con ojos de zafiro.Unas manos grandes y cálidas se posaron sobre sus hombros, apretándolos con una familiaridad pose
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