El Valle de las Lágrimas, la gran depresión geográfica que marcaba el límite entre los nuevos territorios controlados por los Lobos Negros y la árida periferia de la Manada del Oeste, estaba cubierto por una densa capa de bruma matutina. Las caravanas comerciales occidentales ya no avanzaban con el ritmo alegre del pasado; ahora formaban largas y silenciosas filas frente a los nuevos puestos de control de bismuto negro que Vanya había mandado edificar a lo largo de la garganta de piedra.
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