El invierno del norte no tenía piedad, pero en los aposentos privados del Alfa supremo, el frío exterior era un mito lejano. Las chimeneas de piedra escupían fuego ruidoso, tiñendo las paredes de sombras danzantes que imitaban el movimiento de dos lobos en plena caza.
Vanya permanecía sentada al borde de la gran cama de pieles, desabrochando con dedos firmes los protectores de bismuto de sus antebrazos. La adrenalina de la reunión con el emisario comenzaba a asentarse, dejando en su lugar una l