Las puertas de bronce del Gran Salón de Colmillo de Plata se abrieron con un chirrido pesado que reverberó en las columnas de piedra. La delegación de la Manada del Oeste avanzó en una línea perfecta, liderada por el embajador Silas —un hombre de porte aristocrático y ojos rápidos que no dejaban de registrar cada detalle del entorno—. A su espalda, seis guardias vestidos con las túnicas azul cobalto del oeste escoltaban un arcón de madera de sándalo reforzado con bandas de plata pulida.
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