El impacto de sus labios presionando mi boca se redujo de forma paulatina, dejando el desorden de nuestro roce suspendido en el espeso silencio de la cocina.Ezra redujo la presión impositiva de su mano grande en mi nuca, separándose con una lentitud exasperante que rozó mis mejillas con su aliento tibio. Me quedé quieta, apoyada de espaldas contra el borde frío de la barra de mármol negro que había servido de trinchera improvisada para nuestra puesta en escena frente a su familia.Mantuvo su mirada fija en mis ojos por un segundo, con las facciones de su rostro totalmente desarmadas por la sensación de ese momento.Sus pupilas, oscurecidas bajo los reflejos que se filtraban por el ventanal panorámico, delataban una agitación que ya nadie podía negar a puerta cerrada. Liberé mi cuerpo de su agarre con un movimiento seco de mis manos, obligando a mi postura a recuperar la compostura recta, acomodando el sastre oscuro que llevaba puesto.El pulso me martilleaba el pecho con violencia, y
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