El zumbido constante de los motores del jet privado disminuyó su intensidad en cuanto las ruedas tocaron la pista de aterrizaje de nuestra ciudad natal.Observé el paisaje urbano a través de la ventanilla redonda, acomodando el cuello de mi blusa de popelina en tono verde oliva, una prenda fresca que había elegido para el viaje de retorno. Llevaba puesto un pantalón de sastre oscuro de corte impecable, buscando en la sobriedad de mi indumentaria, la seguridad que mi mente parecía haber perdido durante el viajeEn mi dedo medio, la banda de plata artesanal seguía pesando más que el enorme diamante oficial de la dinastía, recordándome la tregua de la madrugada. A mi lado, Ezra permanecía en silencio, concentrado en su pantalla digital, mientras el automóvil que nos esperaba en la pista privada encendía el motor.Se había cambiado el esmoquin por un traje informal de dos piezas en azul noche, una vestimenta de confección soberbia que se amoldaba a la perfección a la anchura de sus hombro
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