El zumbido de los servidores matutinos en el rascacielos residencial fue interrumpido por el golpe seco de un juego de llaves sobre la barra de la cocina.
Apenas acababa de terminar de abotonar los puños de un vestido camisero en tono terracota cuando la silueta de Ezra recortó la luz del pasillo principal, portando un juego de carpetas ejecutivas que no reconocí. Su semblante, desprovisto de la fatiga del desvelo que habíamos vivido en la colchonería compartida, proyectaba una determinación qu