El trayecto de regreso en el ascensor hacia el piso de la suite transcurrió en medio de una calma incómoda y sumamente asfixiante que amenazaba con colapsar las estructuras.
Ezra se mantuvo completamente inmóvil a mi lado, con los hombros rígidos y la vista clavada en los números digitales que marcaban el ascenso rápido del elevador. Se había aflojado sutilmente el nudo de su esmoquin azul oscuro, revelando una tensión física real que la indumentaria de etiqueta ya no alcanzaba a camuflar tras