El impacto de sus labios presionando mi boca se redujo de forma paulatina, dejando el desorden de nuestro roce suspendido en el espeso silencio de la cocina.
Ezra redujo la presión impositiva de su mano grande en mi nuca, separándose con una lentitud exasperante que rozó mis mejillas con su aliento tibio. Me quedé quieta, apoyada de espaldas contra el borde frío de la barra de mármol negro que había servido de trinchera improvisada para nuestra puesta en escena frente a su familia.
Mantuvo su m