El salón de gala de la convención internacional resplandecía con una riqueza cruda que me provocaba una inmediata rigidez defensiva.
Columnas de mármol veteado sostenían un techo cubierto de molduras de oro, bajo el cual cientos de inversionistas extranjeros intercambiaban especificaciones de mercado en voz baja. El murmullo de la multitud se mezclaba con el eco de los violines, creando una atmósfera de alta sociedad donde cualquier anomalía legal podía costar millones en la bolsa de valores de