El timbre digital del vestíbulo principal resonó una segunda vez, quebrando el espeso silencio sepulcral que dominaba el rincón residencial con el impacto de una alarma de guerra real.
Miré a Ezra, sintiendo que mis latidos se disparaban a mil por hora contra mis costillas en una fracción de segundo cargada de paranoia real. La agitación nocturna invertida me oprimía el pecho, recordándome que las malas intenciones de Cristhian Olmos, nos habían acorralado contra la viabilidad técnica de nuestr