El pulso me seguía martilleando el pecho con una fuerza desbocada en medio del silencio absoluto del salón.Apoyé mis dedos largos contra el borde frío de la barra de mármol negro, dejando que los últimos vestigios del sabor afrutado del vino me templaran la garganta. La pequeña, calculadora y sumamente astuta sonrisa irónica de Ezra seguía fija en mi dirección, como si estuviera disfrutando del sutil desmoronamiento de mis defensas habituales a puerta cerrada.Intenté respirar de forma pausada y profunda para recuperar el control total de mi postura, pero la abrumadora presencia física del magnate hotelero volvía el aire del departamento denso y caliente.—Creo que ya fue suficiente celebración por una sola noche de guerra mediática, Bianca —pronunció Ezra con su voz profunda, ronca y pausada, cruzándose de brazos sobre su amplio pecho.—Te equivocas, Vardan —le respondí en un susurro cargado de orgullo, obligando a mi voz a mantener una entonación fría y cortante—. Nunca es suficien
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