La luz roja de la cámara de televisión que transmitía en vivo parpadeó frente a nosotras.
El silencio en el gran salón de costura se volvió tan espeso que podía escuchar el sutil zumbido de los equipos de grabación. Las amigas de Vanessa se cruzaron de brazos, sonriendo con una superioridad aristocrática que me encendió la sangre de pura rabia.
Buscaban desarmar mi credibilidad frente a los inversores que observaban la escena desde las mesas de bocetos. Vanessa dio un paso más hacia la barra de