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CAPÍTULO 21: VÍBORA EN LA OFICINA

 

La luz roja de la cámara de televisión que transmitía en vivo parpadeó frente a nosotras.

El silencio en el gran salón de costura se volvió tan espeso que podía escuchar el sutil zumbido de los equipos de grabación. Las amigas de Vanessa se cruzaron de brazos, sonriendo con una superioridad aristocrática que me encendió la sangre de pura rabia.

 

Buscaban desarmar mi credibilidad frente a los inversores que observaban la escena desde las mesas de bocetos. Vanessa dio un paso más hacia la barra de exhibición, tomando uno de mis vestidos de seda verde esmeralda con dos dedos, como si estuviera tocando algo insignificante.

 

—Miren esto, chicas —pronunció Vanessa con su voz aguda y cortante, elevando el tono para asegurarse de que los micrófonos ambientales captaran cada palabra—. El corte de esta costura es completamente ordinario. Se nota que la diseñadora independiente todavía no comprende que la élite de la alta sociedad no usa telas que parecen compradas en un mercado de rebajas de los suburbios.

 

Una risita burlona y ahogada resonó entre su grupo de seguidoras superficiales. Cristhian Olmos la observaba desde la entrada del pasillo lateral con una fijeza implacable, disfrutando del intento de sabotaje que su ahora esposa estaba ejecutando en mi contra. Querían ridiculizar mi trabajo en televisión nacional, sembrando la duda en los pocos clientes asistentes que pretendían cerrar contratos de confección conmigo.

 

Sentí que un nudo de humillación me cerraba la garganta y mis ojos ardieron, obligándome a contener las lágrimas de rabia.

 

Me había costado meses de desvelos y deudas levantar esos patrones. Ver mi esfuerzo pisoteado por la mujer que me había robado a mi novio y mis ahorros era una bofetada destructiva. Pero recordar la fría calma de invierno de Ezra Vardan y el peso del anillo de platino en mi mano izquierda me dio una descarga de adrenalina pura que barrió toda la debilidad de mi sistema.

 

No iba a quebrarme. No frente a ella. No ante todo el país. Dibujé una sonrisa radiante, sofisticada y letal en mis labios pintados de rojo carmín. Di un paso firme hacia el frente, reduciendo la distancia física con Vanessa hasta quedar a escasos centímetros de su rostro. Mi postura rígida y segura la tomó por sorpresa, haciéndola retroceder un milímetro.

 

—Es una verdadera lástima, Vanessa, que confundas la elegancia minimalista con la ordinariez —le respondí con una voz dulce, clara y pausada que resonó con total nitidez en los micrófonos de la transmisión—. Aunque entiendo perfectamente tu confusión. Alguien que necesita rellenar su falta de estilo con capas exageradas de encajes franceses y joyas prestadas difícilmente puede comprender la caída natural de una seda auténtica. El talento real se nota en la estructura, no en el precio de la etiqueta que intentas presumir.

 

Los pocos clientes asistentes intercambiaron miradas de asombro y sutil aprobación. El inversor textil que estaba a mi lado asintió con la cabeza, sonriendo ante mi ingenio rápido.

 

Vanessa palideció de inmediato, y una mueca de pura envidia y desconcierto desarmó su fachada de mujer perfecta. Sus dedos soltaron el vestido verde como si la tela la hubiera quemado.

 

—No te atrevas a hablarme de esa manera, Bianca —me siseó en un susurro letal, con una fijeza implacable en sus ojos oscuros—. Sigues siendo una aparecida de clase media que está jugando a tener oficinas en el distrito financiero gracias a la beneficencia de un holding hotelero. No tienes la menor idea de cómo se maneja nuestro círculo social. Tu farsa se va a caer muy pronto.

 

—Mi farsa, como tú la llamas, factura más en una mañana de lo que la distribuidora textil de Cristhian Olmos ha logrado asegurar en la bolsa este mes —le contraataqué con una autoridad implacable, manteniendo la cabeza en alto—. Si viniste a mi evento de reinauguración sin una invitación formal solo para exhibir tu falta de clase ante las cámaras de televisión, te sugiero que te des la vuelta y te marches por donde entraste. Mi equipo de asistentes está muy ocupado cerrando contratos reales con personas que sí aprecian la alta costura.

 

Marisol, mi nueva asistente ejecutiva, se colocó discretamente a mi lado, sosteniendo su pantalla digital con una mirada de absoluta lealtad corporativa.

 

—Jefa, los directores del canal me informan que el índice de audiencia de la transmisión en vivo se acaba de duplicar en los últimos tres minutos —anunció Marisol en voz alta, asegurándose de que todo el salón la escuchara—. Toda la élite del país está elogiando su carácter y el diseño de la nueva colección en las redes sociales.

 

La humillación cambió de bando en un parpadeo absoluto. Vanessa tembló de pura furia al verse rebajada de esa manera en televisión nacional, frente a sus propias amigas de la alta sociedad que ya comenzaban a mirarse entre sí con una evidente incomodidad.

 

Intentó abrir la boca para lanzar otro insulto desesperado y recuperar el control de la situación, buscando el respaldo de Cristhian con una mirada de pánico.

 

Sin embargo, las palabras se le quedaron congeladas en la garganta. Un sonido sordo y potente resonó en el pasillo principal de la entrada. Las gigantescas puertas dobles de madera de la oficina principal se abrieron de par en par con una fuerza impositiva que hizo dar un sobresalto a todos los asistentes de la sala.

 

La música de fondo pareció apagarse por completo ante el impacto del golpe. Todos los ojos de los inversores, las amigas de Vanessa y las cámaras de televisión se giraron en un efecto dominó perfecto hacia el umbral de la entrada, conteniendo la respiración ante la abrumadora presencia que acababa de romper el aire denso del lugar.

 

Sentí que el pulso se me aceleraba a mil por hora en los oídos en cuanto reconocí la silueta que recortaba la luz brillante del pasillo exterior. El Contraataque Social del jueves por la noche estaba por alcanzar su punto más álgido, y el tablero de ajedrez corporativo de mi farsa pública estaba a punto de recibir a su jugador más peligroso.

 

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