La cruda luz del martes por la mañana comenzó a filtrarse de manera digital por las rendijas del gigantesco ventanal panorámico, tiñendo el santuario de ultra-lujo del sector sur con unos tonos dorados y fríos.El calor inusual que me había despertado en mitad de la noche se había transformado en una sensación envolvente, pesada y asfixiante de la que mi cuerpo desarmado no tenía la menor intención de escapar. Mi mente seguía atrapada en el cansancio acumulado de las extenuantes jornadas de oficina en el taller con Marisol, arrastrándome en un letargo del que no lograba despertar por completo.Sentía una superficie firme, cálida y musculosa presionando directamente contra mi mejilla, bloqueando cualquier rastro del aire acondicionado del penthouse.Escuchaba un latido sordo, constante, potente y profundo justo debajo de mi oído, marcando un ritmo que no me pertenecía. Al intentar mover mis dedos largos para acomodar las sábanas de seda blanca, mis manos chocaron contra una barrera de
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