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CAPÍTULO 22: LA SOMBRA DEL GIGANTE

 

El aire de la habitación se congeló por completo en el mismo instante en que las pesadas puertas dobles impactaron contra los topes de madera.

 

Las lentes de las cámaras de televisión giraron de inmediato en un efecto dominó perfecto. Los reporteros se amontonaron a los costados del pasillo central, conteniendo la respiración ante la abrumadora presencia física que acababa de romper el aire denso de mi taller de costura.

 

Era él. Ezra Vardan acababa de cruzar la línea enemiga en el momento de mayor tensión de la noche.

Vestía un traje de tres piezas en color azul noche hecho de una tela tan fina que destellaba sutilmente bajo las luces de la inauguración.

 

La corbata oscura estaba alineada con una precisión matemática, y su mandíbula lucía tensa. Su rostro mantenía esa máscara de hielo imperturbable, pero la fijeza implacable de sus ojos grises delataba que venía listo para ejecutar el siguiente movimiento definitivo en nuestro tablero corporativo.

 

Avanzó por el pulido suelo de mármol con pasos lentos, firmes y felinos, desprendiendo una autoridad natural que obligó a los invitados a apartarse de inmediato por puro instinto de supervivencia.

 

A mitad del pasillo, Vanessa Rovira se quedó completamente paralizada en su sitio. Una sonrisa nerviosa y desesperada por llamar su atención comenzó a dibujarse en sus labios, mientras se acomodaba las capas de encajes de su costoso vestido.

 

Ella buscó cruzar su mirada con la de él, esperando que el gran magnate hotelero la respaldara en su intento de sabotaje o que, al menos, la reconociera como parte de su exclusivo círculo social de la alta sociedad. Fue el peor error de su vida. Ezra la ignoró por completo. Ni siquiera pestañeó al pasar junto a ella.

 

Sus intensos ojos de invierno pasaron por encima de la silueta de Vanessa con el mismo desprecio absoluto con el que alguien ignoraría a un insecto molesto en la acera. La frialdad de su desdén fue tan evidente que las cámaras de televisión captaron en vivo el momento exacto en que el color abandonaba el rostro de mi ex mejor amiga.

 

Su caminata continuó sin detenerse un solo milímetro, rompiendo la distancia que nos separaba hasta detenerse a escasos centímetros de mí. Su imponente estatura inundó por completo mi espacio personal, obligándome a tirar la cabeza hacia atrás para poder sostenerle la mirada. El aroma embriagador de su loción de madera y ámbar barrió de golpe el olor a flores húmedas del evento, nublándome el juicio por un breve instante.

 

Antes de que pudiera articular palabra, reclamarle por romper el metro de distancia de mi regla número tres o procesar su llegada imprevista, Ezra se movió con una rapidez impresionante. Su mano grande y cálida se asentó en la curva de mi cintura con un gesto brutalmente posesivo y firme, pegando mi cuerpo contra la fina tela de su traje.

 

Se inclinó sutilmente hacia mi rostro y me besó sutilmente en la mejilla, justo en la línea de la mandíbula, dejando claro su estatus de prometido protector ante todos los inversores y las cadenas de televisión del país.

 

El contacto de sus labios contra mi piel provocó una descarga eléctrica salvaje que me recorrió toda la columna vertebral, acelerándome los latidos del corazón de una forma alarmante.

 

—Lamento la demora, mi vida —susurró Ezra con su voz profunda, ronca y pausada, pero con una nitidez tan calculada que los micrófonos ambientales de la transmisión en vivo registraron cada sílaba—. Las reuniones en el holding financiero se extendieron más de lo previsto, pero no podía perderme la noche de tu gran triunfo profesional.

 

Estás extraordinariamente hermosa con este diseño verde esmeralda.

 

Tragué saliva con dificultad, obligando a mis manos a apoyarse contra el frente de su camisa blanca impecable para no perder el equilibrio ante la insoportable tensión física que estallaba entre ambos.

 

—Llegas justo a tiempo, Vardan —le respondí en un susurro cargado de una fijeza analítica, forzando una sonrisa radiante ante las cámaras para mantener a salvo el protocolo de nuestra farsa pública—. Aunque te recuerdo que la estrella de la inauguración soy yo. No necesitabas traer a todo tu equipo de seguridad para recordarme cuál es mi lugar.

 

—Tu lugar está a mi lado, Bianca —replicó él, y sus ojos grises se oscurecieron por un milisegundo con una mezcla de posesión y fría victoria que me heló la sangre—. Y mi trabajo es asegurarme de que nadie intente pisotear el nombre de la futura señora Vardan en su propia casa de modas.

 

Giré la cabeza sutilmente hacia el grupo de seguidoras superficiales de Vanessa. Las tres amigas íntimas de la alta sociedad se habían quedado con la boca abierta de par en par, intercambiando miradas de pánico absoluto al darse cuenta de la magnitud del monstruo con el que me había aliado para salvar mi negocio independiente.

 

Al fondo del pasillo lateral, Cristhian Olmos lucía completamente desencajado. Sus ojos inyectados de rabia se desviaron desde la mano de Ezra que seguía presionando mi cadera hacia el gigantesco diamante de platino que brillaba con fuerza en mi dedo anular izquierdo.

 

Sus puños se apretaron a los costados de su esmoquin con tanta frustración que una vena comenzó a marcarse en su frente. La humillación que Cristhian y Vanessa habían intentado lanzar en mi contra se había convertido en un bumerán destructivo que estaba triturando su credibilidad en televisión nacional.

 

Marisol, mi asistente ejecutiva, dio un paso al frente de manera discreta, sosteniendo la pantalla digital con una sonrisa de absoluta lealtad corporativa hacia nuestra marca.

 

—Señor Vardan, los directores de las principales cadenas de televisión local están solicitando una declaración oficial en vivo antes de que los inversores textiles pasen al salón de exhibición principal —anunció Marisol, asegurándose de que su tono de voz tuviera la formalidad necesaria para el evento de alta cocina.

 

Ezra asintió sutilmente con la cabeza, manteniendo su brazo derecho alrededor de mi cintura baja con una firmeza que no admitía réplicas. Nos guió con paso firme hacia el centro del escenario secundario donde se encontraban los micrófonos de la prensa local, obligando a Vanessa a retroceder otros dos metros por puro instinto ante nuestra imponente cercanía física.

 

Sentía que el pulso me martilleaba el pecho a mil por hora debido a la adrenalina que corría por mis venas. La farsa pública estaba alcanzando un nivel de intensidad del que ya no podía escapar, pero ver el desmoronamiento absoluto de las personas que me habían dejado en la ruina el lunes por la mañana me devolvía toda la fuerza necesaria para seguir sosteniendo el peso de su apellido.

 

Ezra se detuvo frente al micrófono principal, paseando su mirada fría de invierno por toda la multitud de la élite de la ciudad, deteniendo su fijeza un milímetro de más en la figura humillada de mi ex novio.

 

—Buenas noches a todos los presentes —comenzó Ezra, y su voz profunda resonó con una autoridad implacable que llenó por completo las estructuras del gran salón de costura—. Siento interrumpir la velada creativa de mi prometida, pero dado que algunas personas sin invitación formal pretenden cuestionar la legitimidad de este estudio de diseño independiente, prefiero aclarar la posición de mi corporación hotelera en este mismo instante.

 

El silencio que siguió a sus palabras fue ensordecedor. Las cámaras de televisión enfocaron el rostro de Ezra en primer plano, enviando su declaración formal directo a las pantallas de los hogares del país.

 

—Bianca Serna no solo cuenta con mi devoción absoluta en el plano personal —sentenció el CEO, y su mano aplicó una sutil presión en mi cadera, reclamándome ante todo el universo financiero—. Ella cuenta con el respaldo total e ilimitado de todos los fondos de inversión de mi holding corporativo. A partir de esta noche, su marca es intocable para cualquier distribuidora textil que intente jugar juegos de influencia en este sector. En este tablero, yo siempre protejo lo que me pertenece, y mi futura esposa está en la cumbre de mis prioridades de mercado.

 

Un jadeo colectivo recorrió las mesas de los inversores. Las luces rojas de las grabadoras parpadearon con fuerza, registrando el contraataque social definitivo de nuestra farsa.

 

Miré de reojo a Ezra. Él no miraba a la prensa, me miraba a mí con una fijeza implacable que me nubló los pensamientos por completo, recordándome la advertencia de la biblioteca de la mansión familiar. El juego de modas de mi estudio se había convertido en una guerra real de la alta sociedad, y el gigante que me sostenía por la cintura acababa de lanzar el primer golpe de gracia que cambiaría las reglas de mi destino para siempre.

 

 

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