El certificado de adopción seguía en mi poder, guardado junto al acta en el bolsillo interior de mi chaqueta, como un peso que llevaba conmigo a todas partes. María Pierro. Ahora lo sabía con certeza. Pero también sabía que aquella verdad podía ser peligrosa, no solo para mí, sino también para las personas que me rodeaban. Por eso había decidido guardar silencio, al menos por ahora, hasta entender mejor quién estaba detrás de las amenazas y por qué mi madre adoptiva había huido conmigo.Los días siguientes fueron extraños. Yerald y yo habíamos establecido una complicidad que no necesitaba palabras, pero Ximena parecía haberse vuelto más hostil que nunca. Sus miradas eran más afiladas, sus comentarios más cortantes, y notaba que me observaba constantemente, como si esperara el momento adecuado para atacar.Una mañana, mientras bajaba al comedor para desayunar con Thiago, encontré mi bolso abierto sobre la mesa. Lo había dejado en mi habitación la noche anterior, y ahora estaba allí, co
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