El acta de adopción seguía en mi poder, guardada en el bolsillo interior de mi chaqueta como un tesoro y una maldición al mismo tiempo. María Pierro. Ese era mi nombre verdadero. Y ahora que lo sabía, sentía que el pasado se cerraba sobre mí como una trampa de la que no podía escapar.
Pero no estaba sola. Las palabras de Yerald resonaban en mi mente una y otra vez: "Entonces descubriremos por qué. Juntos." Y aunque el miedo seguía allí, acechando en las sombras, también lo hacía la certeza de q