Los días siguientes a la trampa de Ximena fueron una montaña rusa de emociones. Yerald había cumplido su promesa y había enfrentado a su hija con firmeza, obligándola a confesar que las joyas nunca habían desaparecido. Ximena, humillada y furiosa, se había encerrado en su habitación y apenas bajaba a comer. Pero aunque la acusación de robo había quedado atrás, la sombra de la duda seguía flotando en el aire como un fantasma que se negaba a desaparecer.
Yerald y yo habíamos recuperado cierta cer